Por Julio de Jesús Ramos García
Durante décadas, México ha enfrentado una paradoja que parece difícil de explicar: tenemos millones de jóvenes que buscan incorporarse al mercado laboral y, al mismo tiempo, empresas que aseguran no encontrar el talento con las habilidades que necesitan.
Algo que debemos saber apreciables lectores, el problema no siempre está en la falta de educación, sino en la distancia que todavía existe entre lo que se enseña en las aulas y lo que demanda una economía cada vez más tecnológica, industrial y competitiva.
En ese contexto, la educación dual representa mucho más que una alternativa académica. Puede convertirse en una de las herramientas más importantes para elevar la productividad, mejorar los salarios y preparar a México para la siguiente etapa del desarrollo industrial.
El principio es sencillo: aprender haciendo. El estudiante combina su formación académica con experiencia práctica dentro de una empresa, bajo un programa estructurado y acompañado por docentes e instructores empresariales. El Modelo Mexicano de Formación Dual comenzó formalmente en 2013 y busca precisamente reducir la brecha entre la escuela y el mercado laboral. Y México está avanzando.
Un dato importante, en 2024 la Secretaría de Educación Pública reportaba 14,155 estudiantes de Educación Media Superior y 3,279 empresas participando en el modelo. Para 2026, el propio gobierno ha señalado que la educación dual continúa creciendo y consolidándose como una estrategia para fortalecer los sectores educativo y productivo.
Pero la verdadera pregunta es: ¿qué significa esto para la economía mexicana?
Significa, primero, reducir el costo de la transición entre estudiar y trabajar.
Y en una economía donde la experiencia puede determinar el acceso al primer empleo, esta diferencia puede cambiar una trayectoria profesional.
Aquí está uno de los grandes retos del país: no basta con atraer fábricas; debemos atraer y formar las capacidades que permitan que esas fábricas sean competitivas.
Una planta puede instalarse en México por sus costos, su ubicación geográfica o su acceso al mercado norteamericano. Pero permanecerá y crecerá si encuentra productividad, innovación, técnicos especializados e ingenieros capaces de operar las nuevas tecnologías.
Por eso, la educación dual debería dejar de verse exclusivamente como un programa educativo y comenzar a entenderse como una política de competitividad nacional.
La transformación tecnológica hace todavía más urgente este cambio.
El trabajador del futuro será cada vez más híbrido: necesitará conocimientos técnicos y digitales, pero también capacidad para resolver problemas, trabajar en equipo y adaptarse rápidamente.
La educación dual tiene una ventaja fundamental: permite que esos conocimientos se desarrollen en ambientes reales.
El estudiante puede aprender teoría en la escuela y, posteriormente, enfrentarse a una línea de producción, un laboratorio, un centro logístico o un área de tecnología. Es ahí donde el conocimiento deja de ser solamente académico y se convierte en una competencia productiva.
El impacto no termina cuando el joven consigue empleo.
Una mayor vinculación entre empresas y escuelas puede generar menor rotación laboral, menores costos de capacitación, mayor productividad y mejores procesos de selección. La propia SEP identifica entre los beneficios empresariales la reducción de costos de reclutamiento e inducción, menor rotación y una mayor productividad y calidad.
Para México, esto puede traducirse en un círculo virtuoso:
más formación → más empleabilidad → mayor productividad → mejores salarios → mayor consumo → mayor inversión → más empleos.
Y existe otro beneficio que pocas veces se menciona: la movilidad social.
Un joven que obtiene experiencia laboral, certificaciones y conocimientos especializados desde el bachillerato tiene mejores posibilidades de construir una trayectoria profesional sólida. La educación dual puede convertirse así en un mecanismo para que el origen socioeconómico no determine el destino laboral.
El reto ahora es pasar de los buenos ejemplos a una verdadera política nacional.
En 2025, por ejemplo, más de 78 mil jóvenes egresaron del CONALEP y alrededor de 7 mil lo hicieron bajo la modalidad dual.
Son avances importantes, pero México necesita multiplicar estas oportunidades.
La educación dual no debería estar limitada a determinadas regiones, carreras o grandes empresas. También debe llegar a pequeñas y medianas empresas, que representan una parte fundamental del tejido productivo mexicano.
Y aquí se necesita una alianza mucho más profunda entre gobierno, universidades, bachilleratos tecnológicos, cámaras empresariales y empresas.
También será necesario medir resultados: cuántos estudiantes consiguen empleo, cuánto ganan, cuántos permanecen en las empresas donde se formaron, cuánto aumenta su productividad y qué habilidades demanda realmente cada industria.
Porque la educación dual no debe convertirse solamente en una estadística de estudiantes inscritos. Debe medirse por su capacidad para transformar vidas y generar valor económico.
La discusión educativa del futuro no debería centrarse exclusivamente en cuántos jóvenes llegan a la universidad.
También debemos preguntarnos si estamos formando a las personas que necesita la economía que queremos construir.
México tiene una oportunidad enorme. Nuestra cercanía con Estados Unidos, el T-MEC, las cadenas de suministro regionales y el proceso de relocalización pueden convertir al país en uno de los principales centros industriales y tecnológicos de Norteamérica.
Pero esa oportunidad no se gana solamente con tratados comerciales.
La educación dual puede ser uno de los puentes más importantes entre el estudiante mexicano y esa nueva economía.
Porque cuando un joven aprende en el aula, practica en una empresa y se incorpora al mercado laboral con experiencia, no solamente gana el estudiante: gana la empresa, gana la productividad y gana México.
El verdadero reto será convertir la educación dual de una buena alternativa educativa en una estrategia nacional de desarrollo económico.
Porque en la economía del conocimiento, el recurso más valioso de México no está debajo de la tierra.
Está en sus jóvenes.